Todos los caminos la llevaban a la misma vereda, una vereda incomparable, dedicada a las pasiones terrenales, aquellas que te hacen volar al mismo cielo cuando la vives, las tienes, las pienses… pasiones que van edificando una utopía de coplas preciosas, haciendo de la misma vida el cante más alegre, aquellas que antes eran un sin sentido y hoy se vuelven la razón de nuestra existencia.
Aquello que nació en una pista de baile hizo que convirtiera su misma vida en toda una danza, revoloteara entre las nubes, acercándole con susurros y versos a su utopía soñada; la historia dice que cuando sus miradas se cruzaban toda la gente del El Albaycín se pasmaba, en ese momento efímero en que se fundían dos almas en un mismo cuerpo; ella le escribía todas las noches; pocos comprendieron la razón de sus acciones y nunca nadie entendió la inspiración de su prosa. Esa inspiración de una patria que no era suya, pero corría por sus venas. Él se volvía su misma patria.
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Dejó de ser un baile para volverse el aire que respiraba; aquel danzar español traía recuerdos a su memoria, porque no era una simple danza, no era un rose de piernas, no era un zapateado, ni tampoco un movimiento de reina, aquel pasodoble era la unión con aquel hombre, aquel que ella tanto amaba. Él tenia en su garbo lo mejor del mundo entero, en sus notas llevaba el valor de los toreros.
Ella lo veía a la distancia y no soportaba el hecho de que otros danzares deseaban engalanarse con su amado; llegaban tantas mujeres con diferentes estilos, la sevillana tocando en las ferias cercanas, la bulería, bulliciosa, fiestera, el danzar más alegre del flamenco, no faltaba la melancólica petenera con sus notas tristes y su lenta y sentimental interpretación; celosa se ponía cuando relucía la Soléa, luciendo a la bailaora con sus movimientos tan femeninos, sus caderas, su desplante, su seriedad.
A pesar de toda la rivalidad en el arte del baile, él era el ideal para ella y él pensaba lo mismo que su amada; tomaba con firmeza y delicadeza su mano y se dejaban llevar por cada nota de la música, subiendo, bajando, saltando y en el éxtasis de su danza no podían evitar manifestar su pasión, esas caricias carnales que se perdían en un instante, donde sus rostros se acercaban a una distancia diminuta y cuando iban a sellar con un beso, debían retomar su baile; le bailaban a tierras lejanas, a su patria española y a pesar de que su tierra amada y añorada estaba tan a la distancia, él se la recordaba cada mañana, tierra andaluza, que le traía el recuerdo de aquella madre que tiene en España.
Anely Civy
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