Leer desde la torre resguardada entre miradores de arcos sobre las ventanas con rejas. Ventanales en los que golpean las persianas de mimbre amarradas y atadas a la cuerda que se tambalea con la débil brisa en una noche fresca de estío. Altivo desde una posición segura choca el pie en el hierro que recuerda a la fragua con su repetido golpe mientras menea el tobillo y moja el índice con la lengua para seguir pasando la página. La tapa era dura, y por ende antiguo, pues ya esas encuadernaciones no se llevaban. Algunas de las hojas tornaban de marfil a un tenue amarillo casi carcomido, u oxidado por el tiempo y el angosto uso, enrobinadas las esquinas y borrosas algunas anotaciones hechas con vieja pluma en los bordes y a pie de página.
Se paró el viento, en seco y de pronto, y las golondrinas salieron aturdidas a revelar su vuelo frustradas sin rumbo, entremezclándose con las hojas negras de las copas de un alto álamo cuando oscuro es el atardecer nublado. Nubarrones de tormenta que apresuraban su amenaza cubriendo el raso parsimoniosamente. Pinceladas que enturbiaron un lienzo liso, y ahora cubierto de un sucio algodonado. Llegaba el olor a humedad con una muerta brisa frágil que le faltaban suspiros para llegar hasta el pedestal donde se encontraba, el ahora apoyado lector sobre la baranda, mientras el libro descansaba boca abajo y abierto sobre la hamaca.
En el horizonte se avistaba el estrago de la tragedia, de la ira y de la guerra. Luces fantasmales allá entre las negras nubes que manchaban el cielo, ahora difuminadas en la oscuridad de la noche, ocultando cualquier valiente estrella. Destellos de relámpagos que de vez en cuando forman hilos en el vacío que mueren instantes tras nacer, tan efímeros y tan dañinos como el tildar de fuego un bosque, volviendo en ardente todo un campo mustio de primavera.
Con las primeras gotas, la tierra se moja, y el demonio llama a su plaga a que despierte y salga, brotando de la tierra un aluvión de aluas grana, del mismo color que la sangre, que con alfileres de plata vuelve negra. Afiladas y atrevidas dan su vuelo en manada, ondeando la asfixia de contaminar el aire con el volumen de sus bailes atormentados, en torno al foco de luz de las farolas más bajas. Pero el mismo demonio las espanta cuando la tormenta se acerca y el viento deja una cortina de polvo enrarecido con arena de los ríos sin cauce y los caminos. Ventisca y vendaval que ronda y peina los árboles, llevando de por medio el agua que orgullosa nace de las fuentes y disimulándola con las gotas preludio que vuelven a caer, asentándose la arena con cada migaja de agua que el cielo regalaba.
Bajo cubierta, en el mirador, siguió leyendo tumbado en la hamaca, camufladas las letras con el papel ya oscuro no podía leer bien, en cambio sí imaginar cómo seguiría la historia. Echó un vistazo a la tempestad, le guiñó un ojo y le sonrío el buenas noches, dejó caer el libro en el alféizar y bienvenido fue en el reino de los sueños, donde el pensamiento puede volver cobarde a un hombre, dentro de su propia mente.
Sire
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