Seductor que acaba consumando la conquista de sus palabras. Fieles destellos de una luz promiscua, destilada y sin brillo que llega al cabezal de una cama. Unas sábanas maniatadas, una colcha por los suelos y un torso desnudo, envolviendo su cuerpo con la textura fina de un calor que es frío. Un amanecer que despierta el día en sus ojos, sus azabaches iris y sus enlutadas pupilas, que abren el ventanal para que una brisa nueva y fresca se lleve todos los fantasmas convertidos en ceniza de una mente y en un sueño de una noche de verano.
Un mañana que hace desaparecer con niebla la oscuridad difuminada en murciélagos temblorosos, que echan a volar con descortesía, alborotados y sin rumbo, huyendo del placer, del silencio y de su fugaz osadía que tornaron en amargas unas inocentes ensoñaciones.
La cama despidió a su amante, sitio de orgía, de fetichismo y desfile de amor, como aquellas nubes que daban presagio a la tormenta. Viento huracanado, ambiente cargado y aire de frescor, como ese que nace de los campos mojados y llega hasta uno en pequeños ápices de recuerdo. Un cómodo sitio para dar guerra, alejado de campos de batalla ásperos o sangrientos. Un uno con uno, un cuerpo a cuerpo sin trompetas ni toque de cornetas. El alivio del placer el gemido de los abrazos, de los besos, de las caricias. Los recuerdos del ayer.
Sonetos compartidos para divas, mozuelas curiosas, damas cortesanas o amigas prostitutas. Todas jugaban en el mismo jardín y comían del mismo huerto. Tan diferentes y tan iguales, el placer por el placer, el gusto por el gusto, y un solo tacto.Despertarse y beber el resto del GincTonic aguado que quedó de la noche para desayunar mientras vas encendiendo un cigarro. La ciudad ya había empezado a trabajar. El vigésimo primer piso donde se alojaba tenía grandes cristaleras desde donde se veían las largas y rectas calles de Nueva York, las venas de la Gran manzana corrompidas por los transeúntes y el amarillo de los incansables taxis. Columnas grises y asfaltos. Alquitrán en los pulmones y tequila en la alfombra. La noche ya había pasado y como cada mañana el mundo te desarropaba para que te levantases con él.
Dejar la ropa caer sobre el suelo del baño, y esperar con el abrigo de su piel a que empezara a caer algo de agua caliente por el grifo, mientras alguna vecina jovencita, de las que ya habían caído en sus brazos y probado el sabor de sus labios, se asomaban mirando de soslayo a la escultura de tez morena que vivía en la lejana distancia del puerta con puerta. Meterse en la ducha y dejar que el agua choque en los hombros y caiga como cascada por los pectorales, por los abdominales, cuadriceps…anegando su cuerpo con ríos del cálido líquido elemento mientras seguía expulsando el hondo humo de las dos últimas caladas.
Salta el despertador, una radio vieja que pone de emisora las noticias de los deportes. Indiferente, impasible sigue con el juego de la rutina frotándose por todas partes formando blanca espuma que cubra la intimidad a las que solo algunas están disponibles. Un arma que da guerra con la excusa del amor o de la paz. Un descubridor de nuevas tierras, un amigo hecho objeto que se venga sin rencores. Allí estaban todas ellas, entre el vapor del cuarto, colgando en su mente como vivos retratos. Era un Don Juan pero sabía que eso no lo era todo.
Lovelace
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