Saturday, June 15, 2013

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Un largo viaje para una corta vida. Deseos y fugaces realidades que se entremezclan con el ensueño, con la maldita espera de un día que no llega y que como remedio se usa un vaso lleno de vivencias con luz propia, que irradian en el recuerdo como un flash suave que pasa su mano por la oscuridad para que a su paso se vuelva más oscura y obscena.
Un largo viaje de evasión, ajeno a la vida presente, y enganchado a un pasado reciente que te mima y te rodea con sus tiernos brazos, y te abraza, y te seduce, hasta que el sueño que un día fue realidad, se deshace ante ti.


Una mota de luz, unos párpados que quieren abolir el sol y destruirlo con tal de que esa penumbra no se vuelva roja, un rojo vivo e intenso, como las memorias de un ayer que como el vino al vinagre, si un día fueron dulces, hoy ya son amargas.
Recostar la cara en el cristal, y ver el tránsito inevitable, el ritmo de la vida, que nos lleva con él sin contratiempo. Ayer los campos fueron verdes, brotaban las finas madres del trigo fecundando en sí la semilla del grano; hoy los campos tornan secos, amarillos y enjutos que liberan su fruto y dejan caer sobre la seca tierra que estuviera en su día bien húmeda o quizá mojada. Los únicos que no cambian son los pinos. Siempre adormilados, casi atontados, algo desnudos que entrelazan sus altas copas con las agujas de sus hojas.

Los pinos. Los pinos me recuerdan a aquel atardecer, a esas veladas al aire libre, libre de intemperie donde rozaba el ruido sin rasgar el silencio. Donde las golondrinas volaban hasta lo más alto del cielo y revoloteaban haciendo su rito de acción de gracias. Como el aleteo de la mariposa que forma estragos en el otro lado del mundo, el sol ya celebraba el alba muy lejos de aquí. De ti, de mí, de nosotros.
Pinos si, arañados, desalmados, toscos y arrugados, hambrientos e indiferentes. Ya podría caminar una tropa o un ejército entero de hormigas, anidar la elegancia de la urraca y balancearse la presumida tórtola. El pino es un árbol pasivo, y quizá por frío viva, mucho más que otros, y se adapten, mucho más que otros, a las dificultades y tempestades que los dardos de la desventurada fortuna lanzan continuamente… sobre todos nosotros. Resguardarse de la lluvia bajo un árbol seco. Querer tocar la suave campiña, alfombra que peina el viento, cuando se ha vuelto en oro picudo y maltrecho, frágil y deshonesto. Ya solo nos queda la sombra de la retama, el vislumbrar al saltamontes o la sonata de la ronca cigarra.

Vagones que desfilan entre los montes y praderas, por todos los andenes menos el mío. Un billete, una espera. Ya queda poco para pisar tierra. La gente empieza a moverse, a sonrojarse al ver tras la ventanilla al amado risueño que con los hijos la esperan, la novia fiel que tanto insistió en que volviera o los nietos que recogen a los abuelos porque el no hacer nada de sus padres los tiene muy ocupados. Luego están los peregrinos que recorren medio mundo buscando maravillarse de lo que un día le contaron, los que aquejados de alguna dolencia tienen un taxi en la puerta que los lleven a su cita con el especialista, los que buscan y encuentran, porque es la única forma de hallar conquista. Las maletas pesabas poco y en cola bajó las escaleritas para dejar primero las maletas y distribuirse entre los brazos el resto del equipaje, pero no tuvo tiempo. Porque ante él se acercó y lo recibió con un beso sin mediar palabra. Un abrazo mientras los bártulos se esparcían por el suelo. No buscaba, y lo encontré, porque quizá me buscaba y dejé que me encontrara. Porque aquello, más que una bienvenida a la ciudad, fue una bienvenida a su vida. Un huésped que se ha alojado con ternura, que ha aportado un poco de sentido al vacío con solo llamar a una puerta entreabierta.


Lovelace

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