Tenía la belleza de su lado, pero en la jungla gana el más fuerte, el más astuto, el más sabio. Se encontraba serena hasta la hora de la verdad, se dio cuenta de golpe que los rivales eran muchos, pero a pesar de ello no se dejó doblegar, siguió caminando con seguridad aunque muchas emociones se encontraron en un mismo momento, en el momento de la envestida, porque por más preparada que estuviese no quería confiarse, hasta al mejor cazador se le va la liebre, pero su optimismo era mucho mayor.
Destacaba, ya que en su andar, en su sonrisa, en su mirada y en su melena había excesiva seguridad, había soltura, había libertad; uno que otro hombre la vio, una mujer celosa, un maestro rabo verde y hasta un ganan que besaba a su “amada”, en fin… ella iba con paso firme a estocar a uno de sus mayores adversarios. Dos veces tropezó, pero en ninguna de esas ocasiones se cayó, iba menguando el camino, pero no por ello su confianza.
Era todo tan grande, tan extenso, tan peleado, mucho más de lo que ella se había imaginado, estaba acostumbrada a que los reyes fuesen a ella y no que ella fuese a los reyes, pero esta ocasión todos querían un lugar en la guarida del rey, de este rey, más de cinco hectáreas repletas, una más entre todos, pero ella sabía que no, ya que además de la preparación, tenía la suerte de su lado, ya que hasta su amado le mandaba buenos deseos.
Lo terrible de los reyes es que ni ellos mismos respetan las reglas, el rey de la selva cita a sus discípulos al amanecer pero él prefiere atenderlos varias horas después, él es el que manda y los demás solo quedan oprimidos bajo su yugo, ya habrá tiempo para saldar cuentas, por ahora solo queda obedecer. Por ahora.
Se lanzaron todas las flechas, unas largas, unas cortas, unas firmes y unas flexibles, todas lanzadas al mismo momento, a las nueve con diez, todas volaron… y ella veía la suya, chocaba con ramas bajas, se confundía en caminos sinuosos, se elevaba y de repente caía en picada… iba segura, de repente tambaleante, y en otras ocasiones parecía que fuese a perecer, pero volvía agarrar vuelo… llegaron tres antes que la suya… pero la gran diferencia, es que la de ella dio en el centro de la diana.
Anely Civy
Destacaba, ya que en su andar, en su sonrisa, en su mirada y en su melena había excesiva seguridad, había soltura, había libertad; uno que otro hombre la vio, una mujer celosa, un maestro rabo verde y hasta un ganan que besaba a su “amada”, en fin… ella iba con paso firme a estocar a uno de sus mayores adversarios. Dos veces tropezó, pero en ninguna de esas ocasiones se cayó, iba menguando el camino, pero no por ello su confianza.
Era todo tan grande, tan extenso, tan peleado, mucho más de lo que ella se había imaginado, estaba acostumbrada a que los reyes fuesen a ella y no que ella fuese a los reyes, pero esta ocasión todos querían un lugar en la guarida del rey, de este rey, más de cinco hectáreas repletas, una más entre todos, pero ella sabía que no, ya que además de la preparación, tenía la suerte de su lado, ya que hasta su amado le mandaba buenos deseos.
Lo terrible de los reyes es que ni ellos mismos respetan las reglas, el rey de la selva cita a sus discípulos al amanecer pero él prefiere atenderlos varias horas después, él es el que manda y los demás solo quedan oprimidos bajo su yugo, ya habrá tiempo para saldar cuentas, por ahora solo queda obedecer. Por ahora.
Se lanzaron todas las flechas, unas largas, unas cortas, unas firmes y unas flexibles, todas lanzadas al mismo momento, a las nueve con diez, todas volaron… y ella veía la suya, chocaba con ramas bajas, se confundía en caminos sinuosos, se elevaba y de repente caía en picada… iba segura, de repente tambaleante, y en otras ocasiones parecía que fuese a perecer, pero volvía agarrar vuelo… llegaron tres antes que la suya… pero la gran diferencia, es que la de ella dio en el centro de la diana.
Anely Civy

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