Un retiro, una canción. Un paso que se alumbra con el caminar de tímidas aves, que dan pequeños saltitos timoratos, frunciendo el aleteo con la amenaza de un crujido. Sórdido, rotundo y seco, pía en la valla el verderón, mientras se desliza suave y delicada la golondrina en el firmamento. Cantares trovados, una algarabía de palpitaciones y vocablos mal gesticulados, miradas y descrédito, con el cuello torcido y alargado piaba en compañía el verderón mientras las buchonas palomas y las elegantes urracas posaban sus patas sobre la rama. Mientras en lo alto, indiferente aprecia el desprecio con un temor fugitivo, expectante con su danza sin aleteo que amansa al aire y esquiva la brisa de un mar de trigales. Golondrina no tengas miedo, y vuela sin cesar, que caza daré al verderón que te haga mal.
Nacía la baja estampa del morado al atardecer como cada tarde de verano. Las montañas estaban inmersas en la niebla de un cielo claro, y de un sol que cubría de claroscuro las altas alcobas y azoteas de pisos lejanos. La vega y los campos apagados de un verde húmedo, y en cambio, por aquel tiempo, ella se hundía en la hierba, ella: lady soledad.
Jugaba con la risa si le acercabas en llanto, pues donde estaba ella nadie podía oírte y no merecía la pena llorar, ni sonreír, ni hablar. Esas cosas son al público. Ya encendían las farolas aun siendo todavía de día. En las calles se creaban oscuras hileras de negro donde a los márgenes un ámbar iluminaba la acera. Moría el día en belleza, dejando a su paso un reino de sombras prematuro, que finados los últimos rayos dejaba reinar la atrevida noche que desnuda con su luto manto las vergüenzas y desvaríos de la anodina gente.
No era aún de noche, pero tampoco de día. Hay una hermosa línea que distingue una mordaza de belleza entre la una y la otra. Ella se levantó y con su erótica parsimonia me dijo un ven con el índice mientras guiñaba un ojo. Andaba de espaldas y se mordió el labio, no hubo opción. Lady soledad era bajita, algo anquilosada y con el pelo, a pesar de recogido siempre alborotado.
- Ven aquí, ven conmigo –me dijo susurrando-
- ¿Para qué? –Asqueado le respondí, harto de aguantar tantas batallas que no llegaban a nada-
- ¿Para qué? Serás tonto, para ser feliz.
- ¿Contigo feliz?...já
- Conmigo, feliz, siempre.
La misma yema del dedo que me llamaba, me suavizó los labios e hizo callar. Se atrevió a besarme. Pero no era un beso cualquiera. Había un cielo estrellado, pero aquello que fulminó en un suspiro fue un lucero, un resalto con brillo que pasa de la garganta a las puertas del corazón, un corazón frío que con tal soplo acabó derretido y deshecho, fundido en un éxtasis o en orgasmos de amor. Lady soledad era menuda y quisquillosa, roba besos y forzaba las caricias, era sensible y dulzona, una pequeña atrevida que conocía y sabía como asaltar a un hombre sin que rechistase. Era hermosa y también temida, como una nereida en un cabo de acantilados de aguja. Estaba infectada de experiencia, visitadora de camas y viejos oficios, era inocente, pues solo arropaba a los inquietos que la preferían a ella antes que al resto del mundo, porque el resto del mundo, desvergonzado y antipático sabía que nunca verían la hermosura de Lady Soledad.
Lovelace

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