Sunday, June 23, 2013

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Estalló la Primera GuerraMundial, la Gran Guerra, como una bocanada de viento huracanado que sopló con fuerza por toda Europa llegando hasta las Américas. Mientras, un año antes ya se iba conformando la pangea de un grupo de rusos lingüistas y escritores que conformaron el estudio del formalismo como innovación al tradicionalismo de la crítica literaria.

Prendían la mecha los bolcheviques asaltando el Palacio de Invierno y rememorando a los que fueran los padres de la sociedad moderna, que aniquilaron la ilustración para abrir paso en la historia de una nueva era. Reyes que no son personas, sino símbolos de la patria, donde se asienta la soberanía y recae la legitimidad del tiempo anciano con fuerte peso. No olvidarán el trayecto del palacio de las Tullerías a la misma plaza de la Concordia.
Mientras tanto, hacían huir a la elite, espantados y amenazados a formar una escuela de formalismo en la entonces Checoslovaquia. Una buena idea que de llevarse a cabo haría independiente a la crítica, alejada de los cánones y corpus lingüísticos para asentar las nuevas bases del formalismo, las cuales consistían en deshistorizar el poema, de quitarle el autor a la novela y tratarla sin más, por su forma. Ajena de una vida, olvidando lo que se cuenta y priorizando el cómo se cuenta. Un hecho, que indiscutiblemente haría hacer ver la luz a muchísimos e importantes escritores que se hallaban bajo las losetas putrefactas de la injusticia que enmascara el miedo del poder.
Pero sin lugar a dudas, las ideas del comunismo se filtraron por la mentalidad de aquellos genios rusos, rondándoles la duda y quitándole el alma a todo poema, descuartizando la existencia y haciendo un radicalismo excluyente. Una carnicería con el arte, dotando de muerte cualquier idea de vida.
Y es que el comunismo tiene mucha filosofía e ideales de progreso, pero no confío en ningún progreso si acaso quitan al hombre la esencia de la belleza, lo que lo vuelve eterno y lo lleva al éxtasis. Creyeron que había literatura que no era social y por eso la condenaron. Ilusos. La literatura más que social, es popular, porque sale de la esencia del pueblo.


Saltó la idea, como esas que vuelven locos a los hombres, que los perturban hasta hacerlos morir por ellas. El Atlántico, después de ser descubierto, nada tenía que atemorizar, salvo algún iceberg que plantase cara a la creación humana, a un titán valiente. La nueva crítica tomó nueva forma, eliminó parte de un algo, y compuso con nuevas notas una melodía parecida. Pasaron del análisis de los cuentos de Propp, al premio Nobel T.S. Eliot, quien dejó de resaltar el valor de desfamiliarizar las cosas para seguir revitalizando a autores como Joyce, que nadie quería cuando los vieron asomar, y sin embargo ahora entran dentro de la literatura más universal.

Los respetables cánones solo sirven para recoger el selecto polvo de escritores de renombre que están grabados en nuestra mente por la tinta que corre en nuestra genética, generación tras generación. El Werther leería algún bisabuelo tuyo y tú lo recordarás, porque es la insufrible historia de un amor que no cesa nunca. Romeo y Julieta, o cómo no, el orgullo nacional, el viejo caballero que anduviera por Castilla en busca de aventuras por sus andanzas. Jinete y escudero que cabalgan al mismo trote sobre distinto corcel.

La poesía, la novela, nada es transparente, pero sí que se puede apreciar todavía, si cabida tuviera, con un ojo experimentado en la inocencia.

Sire 

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