A Charles Baudelaire
Caminar por el viejo París. Un fantasma desaliñado que cambiaba y convertía su frío rostro, mientras los suburbios se alimentaban de enjuta codicia y envidia. Se acaramelaba la noche con un lustro de silencio, marchitas y casi secas flores que una vez tuvieron, con gallardía, la gracia de brillar y hacer bailar a las mariposas. Flores que quedaron en el recuerdo, en un jarrón encharcado de desdén, en lo diabólico que convida a lo cínico para ahogarlas y hacerlas podrir. Pero el sol es sincero, y manda a secar pues ese era el fin de las flores, el de quedar secas, para siempre.
Danzar entre burdeles, sentarse en la barra de un pestoso bar para volver a probar sorbos de esa jarra usada, de un cristal traslúcido que ha sido mil veces mal lavado, del que han bebido cientos de hombres, que han narrado millones de historias repetidas por verborrea. Vasos con conocimiento y sabiduría que aguardan al final de un estante, al fondo de un armario. Una taberna de varones experimentados que ríen con desparpajo lo que el vino les hace oír. Barbas y canas manchadas, dientes podridos y caídos. Hostiles brazos, ya debilitados. Ojos moribundos que se adentran en la oscuridad de su refugio cuan pardos son los gatos. Las tabernas de París eran grotescas, luces de velas que se apagaban al viento de una puerta que se abría, un desahuciado de la vida más al que recoger. El sabor de lo decente les era insuficiente. Las sucias noches convertían en frívolas las almas de aquellos hombres que solos, aun casados, se adentraban en la madrugada de aquella cultura que solventa las calladas penas.
Era un rito de prestigio. De prestigio, entre los pobres. Los pobres con dinero que deshacían su fortuna, la ganada en un mundo que ya preferían, que les fuera ajeno. Como borregos los veías tras aquella cortina, en la habitación de árabes tupidos enclaves, alguna que otra risa suave, suspiros o conversaciones profundas sin sentido. Ya mismo tocaba entrar, muchos cogían el puntito y se largaban. La noche había nacido joven y no era misión matarla tan pronto. Una calada de aquella pipa que te hacía andar torpe. ¿Para qué andar pudiendo volar? El poeta volaba con su imaginación, con su espíritu. Aquellas caladas lo hacían libre, extinto de una jaula carnal donde se resguardaba y vivía. La sensibilidad del poeta choca contra la inmundicia desierta que la sociedad teje, necesita aire puro, fresco y nuevo. Un aire que lo deje pensar. Palabras que le traigan el recuerdo de cómo se describía la belleza. De cómo se recordaba el sentir, el tacto de las caricias. Los entremezclados besos que como dos lenguas de fuego se unían para formar una sola. Engañarse a sí mismo dedicando un cielo en pleno infierno. Sudores fríos que recorrían tu cuello y dedos que calmaban por el gaznate los nervios de un corazón que palpitaba con fuerza. Se acordaba de muchas cosas, de un pasado, de un viaje cabalgando sobre las olas del mar. De copas de vino que se sucedían y comían tiempos de deshecha vida. Había vivido siempre amenazado por el afecto. Había roto promesas y jurado deshonras. Hizo de su vida un camino de sábanas ajenas, y de él mismo, un dandy bohemio que desfilaba arreglado por las calles del viejo París.
Probar sorbos de aquel cuerpo vendido. Precio de cada noche, al que invitaba, por frecuencia, la casa. Sentado a su lado, mientras descansaba y ver la desnudez, arañar suave con el índice su piel, el fino perfil que tenía aquella pobre desventurada, que hizo del amor un aborrecido trabajo que ya no le compensaba. Enferma y contagiada de sífilis era su compañera más bien animada. Pues el poeta no ve lo que ven el resto de hombres. El poeta es un ave boba, de la que aprendió mucho en cubierta mientras veía cómo los fieros marineros toscos se reían del albatros. Pájaro señor, inmaculado plumaje cuyas alas en tierra no le permiten bien-andar. En cambio, tomar vuelo y ser príncipe soberano entre las nubes, que se desliza sobre ellas inmerso en el vacío, flotando con belleza guiando a buen puerto en medio de un perdido océano donde no se avista más que un confuso azul horizonte. Ese es el poeta, un incomprendido que aboga su lícita evasión, que ruega en quejidos de silencio, donde es el rey de la infranqueable inspiración, con la soltura y elegante trazo fino que compone su escritura. Maravillado queda el hombre al leer tal compendio de amarga poesía. Poesía que se defiende en sus pasos, por aquel triste y viejo París.
Sire
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