Thursday, July 18, 2013

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Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo.
                                                                                                Proverbio árabe



Abrió los ojos, retorcido entre las sábanas con un calor impresionante en las piernas. Collin se había quedado a los pies de la cama, provocándole a su dueño un temeroso sudor frío, a pesar del cariño dócil de intenciones por las cuales el animal custodiaba el sueño de su amigo. Torció la cabeza hasta verlo apegado a sus morenos pinreles sin bajar la guardia. La habitación estaba a oscuras, como aquel momento en el que miró al techo llegado el amanecer. Estirándose miró la hora: ¡Las cuatro de la tarde ya! Estaba alarmado, pero aun así seguía acostado en aquella cama. De esas veces en las que uno se estremece sin necesidad, como si querían ser las cinco o las tres. No importaba mucho el tiempo, pues se había parado en aquella noche y ya no funcionaría de la misma forma.

Se dio la vuelta para ver si todo aquello había sido una de esas ensoñaciones a las que los cobardes llamaban pesadillas, pero lo cierto es que nada había sido soñado. Entonces, quitó la almohada de su cabeza y se la acopló al cuerpo apegándose a ella. Sintiendo el frágil e incorrupto frescor de la geografía de una tela por la que cuya cabeza todavía no había caminado. El repelente al asfixiante terral que había envuelto la atmósfera días atrás, en la que el propio calor había convertido en gélido el mar y ardiente el aire. No hay, a veces, nada mejor, mientras se duerma, que el regocijo de tener una almohada cerca, con una funda de algodón seco, al brindis de las noches más cálidas de verano.

Se escuchaba un murmullo tras la puerta, por los pasillos, por la casa. Risotadas en el patio. Todos debían de haber llegado. Mientras, Martín miraba al techo, enajenado, desahuciado de la misma vida.  Se cuestionaba cómo había podido dormir tanto, si en un principio no podía ni conciliarlo, había caído redondo, y muy a gusto. Pero claro, todo tenía su explicación. Tenía los labios secos y sentía mucha sed, unos ojos curvados, entornados y casi a la defensiva de cualquier motivo de luz que quisiese manifestarse.

Buscaba en su memoria, veía en los posos del café el despertar, en la cafeína de la extasiada cafetera. Iquiría en más sabores de su paladar y el siguiente en haber sido bebido era el Montilla. El vino que había tomado no era sólo vino. Stefano no sabía qué pasaba, pero sí qué necesitaba, y no se precisaba ser Hercule Poirot o Sherlock Holmes para leer las pesquisas que venían anunciándose a mil leguas. Un bostezo tras un sueño reparador y a ponerse en pie. El drogado había recuperado fuerza y volvía a la vigía.  Se acercó al cánido que yacía con los ojos abiertos y mirándolo postrado sobre la cama con el hocico tumbado. Se sentó a su lado y le acarició el lomo. La habitación seguía aún a oscuras, entrando dos furtivos rayos por la rendija de la ventana que volvía a rayas la camiseta de Martín.

-Tú y yo...
El perro lo miraba con las orejas hacia abajo. Y cuando pasaba la mano sobre su manchada frente, tildada de negros y blancos, éste cerraba los ojos.
-…Ahora tenemos que ser fuertes. Ella estará bien. Desde donde quiera que esté seguro que nos echa una mano. Ya le tocaba descansar…
Un silencio siempre interrumpido por el monótono reloj dio cobijo a un rezo de suspiros. Martín bajó la cabeza apegándola a la suya.
-…No me dejes nunca.

Intentaba autoconvencerse, pero nadie como el perro sabía lo que pasaba por allí. Quizá fuese la figura más cuerda de los allí presentes, venideros o venidos ya a esta historia.
Collin entró en la vida de Martín de una forma algo accidental:

Hacía un año que Martín andaba buscando trabajo. Era un periodista frustrado. Le gustaba escribir pero la carrera nunca le había llamado la atención. Los tiempos eran otros, en los que el imperativo paternal dirigía la vida académica de los hijos. No era muy simpatizante de la vida universitaria, en la que todos simulaban ser bolcheviques con tal de proteger sus derechos. Los estudiantes siempre estuvieron en el ojo de mira de la política. Los fondos en educación conformaban el pastel perfecto repartido, del que sólo quedaban las migajas, y la sopa boba nunca le pareció apetecible. Quizá tuviese el mismo afán de sus compañeros que amaban las trincheras de día y los garitos de noche. Era la época de las barbas largas, del fumar como don carretero, y del desaliño estilístico y personal. Había nacido una nueva clase. La jerarquía social se había sumado un nuevo miembro: los perroflautas. El gen del movimiento hippie-rastafari puesto en la vanguardia. La masa que llegaba para llenar las facultades luchó por cambiar la imagen del elitismo incomprendido por lo popular. Algunos de ellos iban acompañados de perros incluso, otros con sus verdaderas flautas. Pero sin embargo, más de uno que no pertenecía se metió en el saco, pues para los conservadores y personas de orden, todos los asaltantes tenían una peculiar pinta, sin que la litrona faltase en la mano.

Todo aquello aterrorizaba a Martín. Él, al igual que otros pocos, donde se encontraba Stefano, comprendían el ambiente, pues respiraban de la misma atmósfera y aire, pero siempre se mantenían al margen. Solían salir ellos dos con la nueva pandilla en la que se encontraba Marina, a la que ya conoceréis. No estudiaba en periodismo sino en la facultad de al lado, en la de Políticas. Siempre estaba con su cola de pelo lacio pidiéndole fuego a todo tío bueno que pasase por la calle… y así es cómo se enganchó a fumar, ligando. Ellos tres eran expertos visitadores de cantinas, y consumidores por nobleza, en fechas señaladas, de todo producto que los camellos de Oriente trajesen. En cuarto curso, Stefano fue a Egipto, aprovechando la primavera árabe, para ser reportero corresponsal de una cadena autonómica de su tierra y así ganar experiencia en el oficio, primavera que vio florecer una nueva amistad, la de Martín y Collin.

Una tarde iba por la capital el joven pelicastaño subiendo con su moto hacia la facultad. Era asiduo a escuchar música a todo volumen, a que le reventasen los tímpanos si fuese necesario con tal de sentirla más dentro esas vibraciones que evocaban las letras llenas de lujuria y poco sentido. Entonces, en un despiste, cuestión de segundos, el cuadro fue el de una moto estampada contra una señal derribada de Stop, un perro malherido y él con un brazo necesitado de cabestrillo. Los “bolcheviques” eran de crear manifestaciones y huelgas, que es lo único por lo que creían en el rancio izquierdismo, pues, mientras pasaban codeándose y riéndose, no se paraban si quiera a preguntar por la salud del moribundo, tampoco estarían los transeúntes muy puestos en razón por el olor que desprendían sus bolsos.

Al final, un amigo de Martín, Manolillo, tuvo la bondad de pararse alarmado con el coche, pidiendo cuartel para su amigo, como en los viejos duelos, dándolo por muerto, cuando bien estaba con los ojos abiertos y apoyado en el bordillo esperando que alguien tuviese la amabilidad de cederle un brazo del que agarrarse y ponerse en pie.
-¡Tranquilo Martín! ¡Yo te salvaré! ¡Aguanta a mi auxilio!
-¿Pero qué dices hombre? Ven aquí y ayúdame a levantarme.
-Oh ¡Aún respira! ¡Está vivo!
-Lo que me faltaba…
-Anda, agárrate a mí, que te llevaré a Urgencias. ¿Quieres mejor que llamemos a una ambulancia? Ya sabes que yo soy muy cauteloso con el coche y no conduzco muy rápido.
-No, déjalo anda, déjalo. Llévame a casa…
-¿Y el perro? –dijo atormentado, como por costumbre su voz entonaba, señalando con el dedo índice y el brazo entero hacia una raza de Collie que se lamía las heridas.
-¿Qué perro?
-Pues aquel moribundo. ¡Ay que lo has pillado!
-¡Que yo no he pillado a nadie! Anda vámonos antes de que venga más gente y crean que es algo importante lo que ha pasado aquí.
-Pero hombre, si has estrellado la moto contra el Stop. Tenemos que arreglar el Stop.
-¿Qué Stop y qué ocho cuartos? Venga vámonos
-Pero ¿de verdad vamos a dejar al perro ahí? Bueno, en mi coche no entra, que lo deja todo de pulgas, aunque se ve cuidado.
-¿Pero qué perr… -Ahora es cuando se había dado cuenta del pobre animal, que yacía lamentándose y lamiéndose las heridas intentando curarse el daño. Martín ya levantado sujetado por su amigo se apartó de él y se acercó al animal –parece de alguien, tiene la pata regular, esto tiene que mirárselo alguien.
-¡Al coche no entra!
-Manolo Manolo, ya que estás haces la gracia completa, o sino, déjame aquí con él.
-Sabes que eso no puedo hacerlo.
-Pues hala, venga, tira para mi casa…
-¿Y la  moto?
-La moto la iba a jubilar en breve, ya se la llevará algún yonkie que le haga falta o algún ratero para descuartizarla y venderla en chatarra.

El pobre perro fue visto por un amigo estudiante de veterinaria al que le venía bien el caso para prácticas. Allí se quedó unos días en el estudio donde vivía, sin saberlo la casera. Se hicieron buenos amigos en el tiempo de reposo que los dos compartieron. Pero pasado el tiempo, en una mañana, los dos paseaban por el campus, cuando Collin se puso a ladrar muy nervioso, alterado. Se escapó y echó a correr, hasta que se tiró a los brazos de una joven pasada la carretera. La vía era ancha, para unos cuatro carriles y cerca un paso de cebra desgastado, más por las lluvias que por los viandantes, y ella, ella tenía los cabellos rizados, muy delgadita y de estatura media. La vio como una Menina de Velázquez, la Lucrecia de Tito Livio o simplemente, Lady Godiva. Fue un cúmulo de sensaciones, de primeras impresiones a pesar de que su cara le sonaba familiar.

El perro no paraba de lamerle los brazos, exaltado. Entonces fue cuando se presentaron: Su nombre era Miriam, una risueña joven de ojos tan dulces como la miel, delicada y fina tez que despertaba la ambición de querer saber más de ella, por su ligero toque de soberbia conjugado con la humildad de su mirada cabizbaja y tímida. Aquel fue un día que ninguno olvidaría y aunque en aquel momento nadie intuyese lo que el futuro les esperaba, la única verdad es, que dos meses atrás al día de ayer, los dos conocidos, después de nada fueron más que amigos, y antes que novios, unos perfectos amantes.

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