Después de la propia sangre, lo mejor que un hombre puede dar de sí mismo es una lágrima.
Alphonse de Lamartine
La vereda de asfalto era una cuesta con pendiente hacia abajo, si acaso se quería llegar derecho a la casa. Era un barrio típico de pescadores, barrio malagueño, gaditano o almeriense, de cultura muy apegada al mar, como las lapas a las rocas. Las rosas adelfas daban color y brillo, testigos del correr de los niños a la tarde, o el salirse a la puerta de los mayores con sus sillas para tomar el fresco y hablar con los vecinos. Las casas de las puertas siempre abiertas, y entre unas y otras, por muy estrecho que fuera el hueco siempre había un vacío donde se apreciaba la playa, después de las pitas y chumberas.
Ya había levantadas vecinas que salían a barrer sus puertas y que miraban a Martín de soslayo, por no interrumpirle el paso al forajido, al foráneo cuya infancia tenía enterrada en aquellas arenas y en aquellas aguas. Esos meses de verano en los que todos iban a la playa a disfrutar de la templanza, del clima y del sol. Con escobas se quedaban quietas hasta que pasase Collin, por prudencia o por temor. Por si hacía algo, rendir culpas con brío al dueño, que un toque de atención le faltaba. Iba despistado andando por la acera, esa acera de pocas losas en las que no caben más de dos personas en paralelo. Esas que parecen haberse hecho para los amigos de la soledad.
Los jóvenes y sus trapicheos habían desaparecido con la noche, el sabor del mojito daba paso a la mancha de helado en la calzada. Las motos aparcadas y los gatos dormidos entre los contenedores. El barrio despertaba a distintas velocidades. Algunos barrenderos y limpia costas estaban con furgonetas y sus luces de sirena encendida, parpadeante radial, quitando el vómito de aquella fatigosa madrugada. La tormenta había desterrado la mayoría de las algas muertas que yacían entre las piedras y la gruesa arena siempre húmeda. Todo debía de estar listo para aquella nueva noche, la noche de San Juan. Montones de palees se apilaban al fondo, cerca del paseo secándose de las caricias de gigantescas olas pardas.
Era absurdo andar más, el agotamiento iba a poder con Martín. Ya eran casi las diez, el día iba a ser ajetreado y por ahora no se desvelan acontecimientos.
Metió la llave por la ranura de la puerta y el primero en entrar esta vez fue el can al introducir su basto cráneo por la entornada. Fue derecho a unas maletas que había en el recibidor, se notaban los genes de Pastor Alemán que llevaba en sangre alterado olfateando con brusquedad y desasosiego las allí postradas sobre el anciano suelo. Se cierra la puerta. Silencio. Martín queda mirándolas, el perro observa a su inmóvil dueño mientras busca algún sonido ajeno a lo normal. El reloj de pared. Se escucha la cisterna. La tensión creada moribunda parecía haberse desvanecido. Aquellos sustos eran los que se ganaban los dueños cuya llave de casa estaba a la mano de amigos y allegados. En efecto, aquella era el refugio vacacional, el paladín de la bacanal, el amigo del cobijo y la compasión por la calma. El retiro familiar, la juerga entre amigos donde siempre había un quinto medio lleno sobre la mesa que se apuraba al amanecer. La vida pasaba como el agua entre sus manos, rápida, pero dejando huella. Los olores, los colores, los sabores, Villa Maravilla tenía patria propia y aquella casita anciana relegada en generaciones conocía los secretos avivados entre sus muros y altos techos. Cada ventana tenía su reja, por si alguno de aquellos momentos hubiese optado por escaparse frustrados sin poder hacerlo. De la cocina se salía a un patio que era el eje neurálgico de la Villa. Un patio donde todos se sentarían a comer, en sillas blancas de un plástico picado por los años, engrisecido a raudales. Una comida que tendría lugar sucediéndose los tercios y la paella de seis a ocho. Todo un banquete que preparaba el anfitrión, como antiguamente hacía su madre con sus primos y hermanos. La familia había siempre degustado el sentir la barriga llena para antes de la siesta. Las sobremesas silenciosas, cada uno perdido en una cama intentando conciliar un breve sueño, mientras los niños jugaban en la antigua huerta, ahora enlosetada y sirviendo de cochera.
Eso de Internet sólo existía en las oficinas, y los ordenadores que llegaban eran aparatosos armatostes que requerían de mesa propia junto con una torreta. Muchas veces no sabías si se encendía de delante, de atrás. Buscando el interruptor de la luz o la clavija de aquella modernura que había invadido tantas horas de conflictos por la potestad de dominar el teclado. Por eso, cuando eran niños, Martín prefería bajarse con el balón al patio de la casa y echarse unos pases con sus primos de Almansa, sin hacer mucho jaleo, ante la inquisidora ventana del cuarto de papá y mamá que, si dormían con la ventana abierta por el calor, como se moviese aquella persiana ya había castigo seguro. Luego también estaban las carreras, el buscar bichos jugando a biólogos, los globos de agua… sin hablar de los inventos del profesor chiflado. El salir a la calle no tenía otro inconveniente que el de poder caerte y sollarte las rodillas, sin ninguna perversión vecinal, sin ningún riesgo de fuga. Se conocía el respeto al peligro. Era una ley natural que iba en el subconsciente moral.
-¡¡¡FELICIDADES MARTÍN, AMIGO MÍO!!! Vociferó el hombre que salía del baño al verlo. Se echó a los brazos del petrificado –Te veo debilitado, deja de beber que te va a causar mal. Mira que te diga, te he traído un regalo, ¿cuándo te lo doy? Pero antes ¿Qué tal? ¿Qué novedades hay? Que me tienes muy abandonado, aunque la verdad es que por más que lo he intentado no he podido venir antes, Italia me tiene loquito, y más que Italia sus hijas, las italianas que son ricas bambinas-
La incansable plática del amigo, desconocido para nosotros, era el fuerte contraste que necesitaba la casa para volver a la equidad del ánimo. El karma tornaba en usufructo.
-¡Hombre Stefano! ¡Qué alegría de verte Dios mío! –Ahora fue cuando Martín se dio cuenta de la realidad, de la falta de aquella, y la venida de éste. Recibió el abrazo como la ofrenda de cariño que necesitaba, como regar las flores secas del mal, como dar de comer a la hambrienta muerte. Era una sensación inexplicable. Era gritar silencio y llorar palabras. Llorar lloraba. Lágrimas que bañaban nuevamente, ahora el hombro de su amigo, quien sin mediar palabra ya tenía idea de lo que faltaba, sin saber quién era la afortunada de la desdicha.
El abrazo siguió, mientras ambos cerraban los ojos. El perro olfateaba los tobillos del italiano. Cuerpo el de Martín que necesitaba sentir otro latir cerca, como antes solía hacer, muy cerca. Se secó las lágrimas mientras el italiano, intentando evitar preguntarle para no indagar en su dolor se hizo el tonto buscando en sus maletas.
Iba vestido de traje de lino crudo, con sombrero a juego y zapatos marrones de puntera sin cordones. La raya en los pantalones y los calcetines de ejecutivo. Stefano siempre había sido un dandy y un hábil lector que hacía algo de poesía torpe, pero se defendía bien. Decía que ese era el lenguaje de las mujeres, el que los hombres deben de aprender a hablar para cortejarlas y seducirlas. Una mujer era como una rosa, hay que manejarla con sutileza, para que las espinas no te pinchen; para que los pétalos no se deshagan en tus manos, para que la fragancia permanezca sin saber que la rosa ha sido cortada; para alejar a todas las abejas e insectos y proteger ese cáliz sensual que yace en su interior.
Stefano era un milano, como lo llamaban algunos, de nacimiento pero de residencia en la Sicilia. Una barba siempre recortada en un rostro muy masculino y marcado. De un pelo algo más moreno que el de Martín y peinado. Unos ojos comunes en las tierras del Mediterráneo, que soportaban el sol de la Toscana y el brillo de Nápoles o la luz de Roma. Un gladiador con la vida que luchaba contra viento y marea, y aun recibiendo ostias a diestro y siniestro siempre se mantuvo en pie. Stefano era un buen amigo de Martín. Conocidos en el instituto, inseparables en la facultad. Y a pesar de algunas rencillas de novias compartidas y amoríos sepultados, supieron superarlo como caballeros, porque la derrota en el amor hay que llevarla con deportividad.
El Milano sacó de su maleta una bolsa de papel y se acercó hasta el joven abatido que estaba sentado en el sofá, restregándose los ojos con las manos y deseando el momento de poder dormir. Cogió dos copas de la vitrina y las puso sobre la mesita que había enfrente de Martín, a la altura de sus rodillas. Se puso de cuclillas él.
-¿Qué haces?-dijo con voz cansada despegándose los nudillos de la cara.
-Como los viejos tiempos amigo mío- Sacó una botella de vino. Un Montilla.
-No tengo ánimo para eso.
-Me da igual. Es tu cumpleaños, y hay que celebrarlo.
Vertió en las dos copas habiendo ya desenvainado la botella con el sacacorchos que llevaba en su llavero.
-Brindemos, por nosotros, por ti y por los años que nos quede juntos en esta maravillosa Villa. Que nos den felicidad, fuerzas y prosperidad. Buena salud para seguir riéndonos de la vida sin padecer demasiado –y como si fuese un cura dando misa continuó bromeando, le guiñó un ojo diciendo- en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo…
-Amen.
Las dos copas quedaron vacías. Un silencio impetuoso llenó la casa menos el reloj de pared cuyas manecillas eran más que sonoras.
-Te veo cansado, quédate durmiendo por esta mañana, que se ve que has pasado mala noche. Yo mientras evitaré hacer ruido y me voy acomodando.
-Tienes todo preparado.
-Lo sé, ya nos conocemos. Bona notte e dolci sogni –Resonando siempre su marcado acento italiano y su humor, un humor puro y jocoso, capaz de sacarle una sonrisa a la misma Parca-
La mañana desapareció bajo un pálido velo. La puerta del dormitorio se cerró y el silencio volvió a tomarse la licencia de ser interrumpido por las ruedas de los coches deslizándose por la carretera. Orfeo se apresuró a tocar la lira y hacer que Morfeo siguiese seduciendo acompañando al desventurado a la parte más mundana del cielo que todavía queda sin reservar para los muertos.
Morir, dormir. Dormir, tal vez soñar: ese es el caso /Hamlet

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