Pétalo afilado que arañaba la ventana. Sutil y suave, cuyo borde frío y sereno rasgaba el pudor de un transparente cristal inerte que surtía efecto en su posición, sin mancharse ni romperse, como el rayo de luz que atrevido traspasa por aquel delgado ente. Alcoba de sensaciones, zumbidos a lo lejos que abanicaban el vuelo de una cálida velada. Tarde de ensoñaciones que se consumía con el cariño. Alegórica victoria a la dualidad de un cuerpo y alma enlazada en dos temibles lenguas de fuego.
Silencios y suspiros, honor al gusto y placer de servir con la piel. Cuello que reza y ama, manos que descubrieron la entera geografía de una piel, soberanos sollozos del ayer.
Marineros que adentran sus barcos al mar y engendran de las olas nacientes y bellas sirenas que salen a saludar a los marines dormidos, que mirando al cielo se toparon con el mar y la tierra. Los barcos…mis barcos… que toman vida sin necesidad de capitanes ni corsarios enfurecidos. Dos piratas, dos. Cuerpos que llenan el vacío de los días, en instantes tranquilos, que sollozan el recuerdo de un corazón que palpita.
No habrá palabras tan hermosas que describan las emociones brotadas en un tardío día de primavera, que enmarquen en aquella calurosa falsa tarde de verano. Un pestillo, una canción y de fondo el amor, rozando y danzando entre unas sábanas por fin habitadas, amasadas entre caricias. Fuiste la tentación que cautivó mi ser, mi sentir y mi alma por unos intensos instantes mientras yo conformaba el aire que te hacía vivir y respirar. Atención al momento que delicado a nocturno sonaba, prórroga que se hará empinando un malagueño y dulce Moscatel, que dará sabor a la contienda de dos enamorados que hacen del amor una guerra. Posiciones en la batalla fiera pero cálida y serena. Pasar la página aparentando el no haber pasado nada, pero sí, sí pasó. Pasó todo, sin ser madrugada.
Quiéreme te dije, y me dijiste te quiero.
Lovelace

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