¿No podremos jamás en el mar de los tiempos echar ancla algún día?
Alphonse de Lamartine
En la noche hubo tormenta, pero por la mañana el Sol hizo que el mar amaneciese en calma. Era muy temprano para cuando los primeros destellos que rayan el alba y la penumbra de la noche tocaron la persiana del dormitorio. La luz era tenue, blanca y frágil, que poco a poco se hacía crecer conforme el día nacía y se criaba en el tiempo, tal como cada jornada.
La luz, esa luz de la que hablaba, que ya tornaba amarilla penetró como un fogonazo en la habitación matando la oscuridad y despertando las sombras dormidas. La cama estaba desnuda, y ciertamente en la soledad de que aquella noche nadie la había habitado. Y así lloraba la ausencia por desconsuelo, por duelo sin asalto, donde el caos de la seda se hacía un lío con el edredón de algodón, el cual, siempre caía al suelo por las patas de la cama.
Se oyó arañar la cerradura antes del portazo. Martín ya había llegado. La noche había sido larga, larguísima, y ensordecido, sólo podía oír el susurrar de las olas al romper en la orilla clavadas en su mente. Se tiró sobre la cama después de dejar las llaves y un pequeño macuto sobre una pequeña mesita auxiliar que rondaba por allí cerca. Tras suya venía cabizbajo, coleteando de un lado para otro, un fiel amigo que sabía de esta historia más que el propio narrador. Dio dos vueltas y se tumbó sobre el canasto, poniendo el hocico a la altura del suelo mientras miraba atentamente al que yacía pensativo en la alcoba. Las persianas seguían bajadas y de la ventana se proyectaban unas luces a modo de estrellas en alguna pared. Estaba desordenado, de aprisa, con puertas de armarios abiertos y ropa tirada sobre la mecedora.
Los ojos de aquel hombre no podían decir mucho. Enrojecidos y doloridos, no podían soportar abrirse, ni mucho menos derramar una lágrima más. Tiempo atrás aquellos ojos verdes habían estado llenos de pasión, de fortaleza; trasmisores de alegría y ganas de vivir, pero en aquel instante, como flechas, estaban clavados en el techo que era de lo poco placentero que no le atormentaba. En cambio, si pensaba en mirar a otra parte, ya la mente se nublaba y otra vez empezaba el rito a nostalgia que se había prometido no ejecutar. Inspiró intensamente y sopló fuertemente, liberando todo mal que lo envenenaba. Se levantó de la cama y fue a mirarse al espejo del baño, echándose agua en la cara y secándose con las mismas manos, mientras se las restregaba por los pantalones holgados de muchos bolsillos. Las marcas de agua quedaban en la prenda, al igual que la marca de aquella repisa llena de colonias y maquillajes, de una aventura o vida pasada. Un oficio el de querer o el de hacer querer. Todo, aunque fuera por poco, había ya pasado. Las ocho pasadas apuntaba el reloj de la cocina. Un border collie echó a andar, como el que busca algo, a la terraza mientras la cafetera preparaba una taza de energía al ritmo de la explosión provocativa. Un silbido, y ya estaba. Un poco de caliente, el resto de fría. Aquella era la sonata del amanecer, de la rutina y del día a día, semana a semana y mes a mes. La overtura que abría la persiana a la oportunidad, al querer hacer todo extraordinario y el levantarse con fuerzas para dar guerra ofendiendo a una jornada que no merecía más que ser batallada como el resto. En cambio, el día de hoy, o el día aquel, fuera distinto a pesar de sonar aquella canción irritante de por las mañanas. Ya tocaba ungir aquellos labios con el sabor de lo normal, de las apacibles prisas que llevan a uno a desmadrarse en el trayecto pensando ajena la puntualidad…Café como aquel, con aquella pausa y aquella tranquilidad, hacía tiempo que no lo probaba, que no lo sentía y lo abordaba como si lo hubiese hecho para él, ella.
Salió a la terraza y apoyó su mano en la baranda de madera gris, color que le gustaba a la señora de la casa. Daba sorbos notando el calor por su garganta, y en su pierna, a la comparsa de un pelaje blanco manchado negro que no dejaba de mover su peluda cola buscando la paz. Los dueños de aquella casa eran privilegiados de tenerla, por su sitio. A escasos metros de una playa desierta, virgen y con temperamento. Cuando el mar brotaba rebeldía y las olas caprichosas estaban decididas a pasear por la tierra, en aquellas ocasiones, tocaban sutiles en los cristales, y dejaban su marca en memoria de una voluntad fallida.
Martín miraba al fondo, a esa línea que separa el cielo y el mar. El horizonte. El más allá, las mismas puertas del Tártaro. Pero no, no era el Tártaro sino bruma la que ocultaba África de la costa, la salvaje sabana del apuesto occidente. Todo era contraste. Dejó la taza dentro y salió por aquel porche techado de mimbres finas doradas, los listones de madera crujían a su paso, pero no al del perro que se mantuvo firme hasta que se aventuró un ademán: -Vamos Collin, vamos a dar un paseo.
Echaron a andar, Martín era un veinteañero en las últimas de la década, pelo castaño desordenado y luengo, la vestimenta no era su fuerte, pero para aquellos meses el sol se preparaba para el estío, y eso, en tierras de mar iba notándose. Las luces de las farolas del barrio acababan de apagarse y los vecinos abrían sus comercios con lagañas en los ojos. Bordeaban las esquinas buscando salida al mar. Cerca de allí había un acantilado, donde una torre vigía mora custodiaba de los piratas y viejos corsarios aquellos mares del sur. Hacía lustros que quedó derruida, como la misma Babel, que de su peso solo quedaron los cimientos, y hoy, recuerdo de sus ruinas y del esplendor de otros tiempos.
Urbanismo había plantado un banco, en vez de arreglar la torre, en aquel solitario lugar por el que solo habían caminado un manojo de vecinos, la mitad suicidas, que deseaban ver el fuego del atardecer desde aquel lugar antes de arrojarse a las afiladas rocas que quedaban a pie de página.
Ya había el sol salido entre los montes y colinas haciendo frente a las casas de tejados grises y fachadas blancas. Los pescadores ya habían retirado lo faenado y volvían los más tardíos a la costa, mientras los otros ya estaban en la lonja repartiendo el fruto de lo trabajado en aquella turbia noche, en la que, hasta los peces, estaban atormentados.
El olor era del mar, del salitre en la orilla. De la sal, del son y hasta el sol olía a calma. Ese olor que tienen las zonas costeras, a saladas piedras y protección solar; a arena caliente y brisa marina.
Allí se sentaron los dos, el cánido fiel y el muchacho entristecido. Recordaba aquellas tardes al ocaso, cuando subían los tres juntos a contemplar el misterio. Dicen que hay unas aves que creían morir cuando llegaba el crepúsculo, y que cuando al amanecer se veían vivas cantaban alegres canciones con graznidos para festejarlo. Allí solo había palomas coquetas con mucha cara que se acercaban sin miedo en busca de hurtar algo que pasase por su buche, además de gaviotas a lo lejos, cerca de las grandes grúas del puerto que aterrizaban sobre playas como la de Martín para recoger algún regalo que la marea haya exiliado.
La marea era de un zafiro intenso, escamas que se levantaban llegando en sincronía hasta la costa, donde los toros bravos de días atrás parecían estar en calma, y ahora solo paseaba el viento peinando con sus manos las crestas de las olas.
El levante, el poniente. Barquitos al fondo de blanca vela y avionetas con pancartas publicitarias cuyos motores rugían como en aquellas películas de los años cincuenta en las que se rescataba a náufragos de la isla desierta, cuando estos iban a perder la cabeza. Martín se acordó de eso, y se levantó para ver más de cerca la ronca máquina que dejaba una nubecilla larga a su paso. Entonces su pie se puso en la fina línea que dividía el acantilado del vacío. Piedrecillas cayeron sin hacer apenas ruido, engullidas por el relincho de los caballos azules que envolvían y saltaban sobre los peñascos fulminando su trote en el brillo de la plata espuma.
Aquella noche le dieron un relicario, el que ahora él sacaba de uno de sus bolsillos y se llevaba con la mano al pecho. Dos corazones juntos y dos almas próximas. Lo cogió de la cadena dejándolo colgar de su brazo mientras seguí mirando la línea difusa del horizonte que por cada minuto se hacía más nítida. Collin cambió la compostura, y se acercó a olerlo, a lamerlo. En aquel objeto residían sus tardes de juego, sus caricias por la mañana y su alimento. Martín lo acarició, y aunque era duro para ambos lo mejor era seguir con la vida, que el pasado fuera pasado.
Entonces con todas sus fuerzas lo tiró al mar dando vueltas y vueltas hasta que el inmenso titán azur lo guardó para siempre, custodiando las cenizas que dentro guardaba.
- Polvo eres, y en polvo te convertirás- una lagrima volvió a caer por su mejilla mientras apretaba los dientes- hasta siempre cariño.
Y la brisa sopló con fuerza para cuando los dos, por el mismo camino, volvieron a casa.
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